25 marzo 2026

Puno necesita orden, no más bloqueos ni abusos


Aldo Zanabria

Hoy fue un día más en Puno. Un día como muchos otros en el que miles de puneños se levantan temprano para trabajar, luchar por sus familias y llevar un plato de comida a sus hogares. Esa es la realidad de nuestra gente: esfuerzo diario, trabajo constante y la esperanza de salir adelante con dignidad.

En el Perú, más del 70 % de la población económicamente activa trabaja en la informalidad, lo que significa que gran parte de la población depende del ingreso diario para sobrevivir. Cuando una ciudad se paraliza, cuando se bloquean calles o se interrumpe la movilidad, quienes más sufren no son los grandes grupos económicos ni el Estado; quienes sufren son las familias que viven del trabajo del día a día.

Sin embargo, hoy nuevamente la ciudad apareció prácticamente secuestrada por conflictos que terminan perjudicando a los propios ciudadanos. Por un lado, el desorden del transporte urbano, donde algunos transportistas pretenden subir el pasaje sin mejorar el servicio. Por otro lado, bloqueos y presiones que afectan el comercio, la movilidad y el turismo.




Pretenden cobrar más como si ofrecieran un servicio digno, cuando la realidad muchas veces muestra lo contrario: unidades en malas condiciones, conducción peligrosa, falta de respeto a las normas de tránsito y un trato deficiente hacia los usuarios. No se respeta al peatón, no se respeta a los conductores particulares y muchas veces tampoco se respeta la convivencia básica en la ciudad.

Pero el problema no termina allí. Cuando las calles se bloquean, cuando se presiona a comerciantes, cuando se amenaza a quienes simplemente quieren circular o trabajar, el daño se multiplica. Puno vive del comercio, del turismo y del trabajo diario de su gente.

Antes de la pandemia, el Lago Titicaca recibía más de 300 000 turistas al año, generando empleo para transportistas, hoteles, restaurantes, guías turísticos y comerciantes. Cada día de paralización, cada conflicto que genera inseguridad o mala imagen, afecta directamente a esa economía que sostiene a miles de familias puneñas.

Recuerdo una frase que alguna vez dijo el expresidente Alan García, refiriéndose a este tipo de protestas: “Que hagan sus huelgas, que bloqueen sus carreteras… ¿cuánto tiempo soportarán? Se están asesinando solos.” Más allá del contexto político en el que fue pronunciada, la frase refleja una realidad que muchas veces se repite: cuando se paraliza el comercio y se interrumpe la actividad económica, el daño termina recayendo en las propias regiones.

No podemos olvidar que problemas como el incremento de los combustibles o de la energía responden a fenómenos económicos globales. El precio internacional del petróleo ha tenido variaciones importantes en los últimos años, lo que afecta a todas las economías del mundo. Ese problema no se resolverá bloqueando calles ni paralizando una ciudad.

Lo que sí se genera con esas acciones es incertidumbre, pérdida económica y una mala imagen que termina afectando al turismo y al comercio local. En algunos casos incluso se llega a situaciones lamentables como insultos a turistas, presión a comerciantes o cobros informales para permitir el paso, prácticas que dañan profundamente la convivencia social.

Mientras tanto, las autoridades parecen ausentes. La ciudadanía se pregunta con razón: ¿dónde está el alcalde para poner orden y defender a la población? ¿Dónde está el gobernador regional para asumir liderazgo en momentos de crisis?

Cuando la autoridad no actúa ni se pronuncia, el desorden termina ocupando su lugar.

Puno es una tierra de cultura, historia y trabajo. Es la capital del folclore peruano, una ciudad que vive del turismo, del comercio y del esfuerzo de su gente. No podemos permitir que intereses particulares, abusos o conflictos permanentes destruyan la economía y la convivencia de nuestra propia ciudad.

Es momento de reflexionar como sociedad. Puno necesita orden, diálogo, responsabilidad y autoridades que gobiernen. Pero también necesita ciudadanos que defiendan el derecho fundamental de trabajar, circular libremente y vivir en paz.

Porque cuando se paraliza la ciudad, no pierde el Estado. Pierden los puneños que viven del trabajo diario.

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